Pukará El Peral en Chada y el Cerro Grande de La Compañía: Fortificaciones Estratégicas en el Territorio Incaico

El territorio que hoy conocemos como Chile central fue escenario de importantes desarrollos durante el Período Tardío, especialmente con la expansión del Imperio Incaico (Tawantinsuyu). Dos sitios arqueológicos, el Pukará El Peral en Chada y el Pukará del Cerro Grande de La Compañía, emergen como testigos de esta época, revelando complejas estrategias defensivas, administrativas y de control territorial. Estos monumentos nacionales, ubicados en regiones geográficamente distintas pero conectadas por la influencia incaica, ofrecen una ventana invaluable para comprender la interacción entre el Tawantinsuyu y las poblaciones locales, así como su posterior adaptación al dominio hispano.

Pukará El Peral en Chada: Centinela del Valle de Lluta

En la comuna de Putre, a unos 100 kilómetros al nororiente de Arica y a una altitud aproximada de 3.000 metros sobre el nivel del mar, se encuentra el Pukará El Peral en Chada. Este Monumento Nacional, que data del siglo XII, es un testimonio de la arquitectura defensiva preincaica. En uno de sus extremos, una muralla doble evidencia su función primordial de protección. Su interior alberga cerca de 400 recintos de muros circulares y pisos de piedra, configurando una estructura compleja y organizada.

Vista panorámica del Pukará El Peral en Chada

Un elemento geográfico de gran relevancia es el cañadón de 150 metros de profundidad que se extiende bajo el pukará. En este cañadón se ubicaban las terrazas de cultivo, demostrando una ingeniosa adaptación al entorno para la producción de alimentos. Desde esta estratégica posición, se puede contemplar el vasto valle de Lluta y el punto donde este se origina, lo que subraya la importancia del sitio para la observación y el control del territorio circundante.

El acceso actual al pukará se realiza a través de la ruta 11-CH, una vía fundamental que conecta Arica con la frontera boliviana y el icónico Lago Chungará. Esta ruta moderna, sin embargo, evoca las antiguas sendas y caminos que, en su momento, sirvieron para la comunicación y el desplazamiento de personas y mercancías a través de estas elevadas altitudes.

Cerro Grande de La Compañía: Fortaleza Promaucae e Incaica

Adentrándonos en la zona central de Chile, encontramos el Cerro Grande de La Compañía, un cerro-isla situado en el curso medio del río Cachapoal, a unos 90 kilómetros al sur de Santiago, en la VI Región del Libertador Bernardo O'Higgins. Este imponente cerro se eleva 677 metros sobre el nivel del mar y se caracteriza por sus desniveles rocosos escalonados y una ladera norte que desciende en forma de acantilado, elementos que naturalmente propiciaban su defensa.

Cerro Grande de La Compañía con sus características rocosas

En el pasado, el área circundante debió estar cubierta por extensas ciénagas, las cuales, junto con la topografía del cerro, ofrecían una defensa natural formidable. La construcción en este sitio habría sido utilizada por los habitantes originarios de la zona, conocidos como Promaucaes, entre los siglos XIV y XV. De esta primera etapa se han identificado restos materiales de una vivienda de gran dimensión y forma circular.

Un segundo período de ocupación, que abarca desde el siglo XV hasta las primeras décadas del XVI, revela una clara influencia incaica. Durante esta fase, se han hallado evidencias de una plaza intramuros y muros perimetrales de considerable extensión. Estos hallazgos sugieren la intervención estatal del Imperio Inca, orientada a consolidar su avance hacia el sur y a incorporar el territorio a su vasta red administrativa.

El Pukará del Cerro La Compañía se erige como parte de un sistema defensivo más amplio levantado por los indígenas locales, encontrando paralelismos en otras fortificaciones como el Pukará de Chena. Los cronistas españoles de la época registraron la importancia de este emplazamiento. Gerónimo de Bibar, en su crónica de 1558, relata los intentos de las huestes hispanas por tomar la construcción, enfrentando las dificultades impuestas por las ciénagas y la tupida vegetación que obstaculizaban el avance de los caballos. La visibilidad desde el pukará, además, colocaba a los atacantes en una clara desventaja. La combinación de su ubicación en un cerro-isla, los muros defensivos construidos por los indígenas y la disponibilidad de recursos hídricos y vegetales comestibles, convirtieron a esta fortificación en un sitio privilegiado para la resistencia, tanto frente al avance incaico como, posteriormente, ante la conquista hispana.

Debido a su significativa importancia arqueológica y su valor para la comprensión del mundo indígena, el Pukará del Cerro La Compañía fue declarado Monumento Histórico en 1992.

La Provincia Incaica del Mapocho y la Transformación del Territorio

La presencia incaica en Chile central se materializó en la conformación de la provincia incaica del Mapocho, un territorio de aproximadamente 104 kilómetros de extensión, delimitado por el cordón transversal de Chacabuco al norte y el cordón de Angostura al sur. Esta provincia fue fundamental para el control de los pasos camineros y el flujo de personas y mercancías entre el sur de Chile (territorio mapuche) y las regiones del norte de Chile y el oeste argentino.

Mapa conceptual de la provincia incaica del Mapocho

Las investigaciones sugieren que la provincia del Mapocho coincidió espacialmente con el territorio principal de la cultura Aconcagua, cuyos habitantes ocupaban los valles del Mapocho y del Maipo previo a la expansión incaica. Los Aconcagua subsistían de la caza, la recolección, los recursos marinos estacionales y prácticas hortícolas, aprovechando las fuentes de agua cercanas. Sin embargo, entre sus asentamientos existían amplios espacios desérticos e improductivos.

El crecimiento poblacional de la cultura Aconcagua generó una creciente demanda de alimentos, lo que impulsó la necesidad de expandir las áreas agrícolas. La construcción de canales y acequias requería conocimientos técnicos y una capacidad de organización que la población local no poseía en su totalidad. En este contexto, el Tawantinsuyu, en plena fase expansiva y con avanzados conocimientos hidroagrícolas y una notable capacidad de movilización de mano de obra, intervino.

A partir de aproximadamente el año 1400, bajo la administración incaica y con la participación de especialistas (mitimaes) y mano de obra local, los valles del Mapocho y del Maipo experimentaron una transformación significativa. Se construyeron bocatomas y 15 grandes canales en el río Mapocho y otro tanto en el río Maipo, incorporando miles de hectáreas previamente improductivas a la agricultura, principalmente para el cultivo de maíz.

Esta integración al Tawantinsuyu también trajo consigo cambios culturales. La población local reforzó el culto al Sol, adoptó el quechua, incorporó nuevos motivos decorativos en su cerámica, aprendió a vivir en chacras y modificó sus prácticas funerarias. Las antiguas jefaturas fueron reemplazadas por señores agrícolas encargados de la producción, almacenamiento e intercambio de excedentes. Estos descendientes de la cultura Aconcagua fueron conocidos en el siglo XVI como los "mapochoes", un nombre que debería ser rescatado para designar a los habitantes originarios de estos valles, ancestros de muchas familias mestizas de Chile central.

La Red Vial Incaica y la Conquista Hispana

La provincia incaica del Mapocho se subdividió metodológicamente en tres partes: norte, central y sur. El análisis de la parte sur, comprendida entre el río Maipo y el cordón de Angostura de Paine, ha revelado la existencia de una red vial de origen prehispánico, aprovechada y adaptada por los conquistadores españoles.

La investigación interdisciplinaria, combinando la labor de historiadores, arqueólogos y geógrafos, ha permitido identificar el Camino del Inca principal (Qhapaq Ñan) y el "camino real de la Angostura" o "Camino que iba a los Promaucaes". Estos caminos, vinculados a seis distritos poblacionales identificados, jugaron un rol crucial en la comunicación y el control del territorio. Los asentamientos más al norte destacaron por la presencia de grandes acequias, mientras que aquellos cercanos al cordón de Angostura exhibieron construcciones en la cima de cerros y una mayor sacralización del paisaje.

El Camino del Inca cruzó el río Maipo, existiendo referencias a un puente incaico en la zona, aunque su localización exacta y su continuación hacia el sur presentan aún interrogantes. Se estima que existió una bifurcación, con una ruta conectando con el centro administrativo inca de la Plaza de Armas de Santiago y otra hacia el sector de Apoquindo.

La crónica de Gerónimo de Vivar menciona que Pedro de Valdivia, en 1543, cabalgó por las riberas del río Maipo y encontró el sitio de un puente incaico arruinado, lo que confirma la existencia de esta vía de comunicación. Mapas posteriores, como el Plano del Llano del Maipo (aproximadamente 1755-1761) de Antonio Lozada, muestran caminos que salían de Santiago hacia el río Maipo, uno de ellos identificado como el "Camino del P[uen]te Antiguo", que probablemente empalmaba con la actual calle Carmen o una paralela hacia el oriente.

Un mapa de la región entre los ríos Maipo y Cachapoal de 1617 también muestra un camino que unió Pirque y El Principal con Angostura y Aculeo, sugiriendo un posible origen prehispánico. Referencias históricas extraídas de Odone (1997) mencionan lugares como "el Portezuelo Cassas del Inga", "el Portezuelo del camino del ataxo que ba a la Angostura y Aculeo", y "el portezuelo que esta enfrente del principal camino real", lo que evidencia la persistencia de topónimos vinculados a la presencia incaica y a las rutas establecidas.

A pesar de la riqueza de la información documental, la identificación de vestigios físicos del Camino del Inca en algunos tramos sigue siendo un desafío. Sin embargo, la lógica de la expansión incaica, que implicaba la habilitación de senderos para penetrar y controlar nuevos territorios, junto con la existencia de pasos naturales como el portezuelo de Chada, que separaba sitios incaicos importantes como las Ruinas de Chada y el Cerro Grande de La Compañía, sustentan la hipótesis de la existencia de caminos que los comunicaban.

La llegada de los españoles en 1540 marcó un punto de inflexión. Pedro de Valdivia fundó Santiago en febrero de 1541 sobre el centro administrativo y ceremonial inca del Mapocho. La sublevación indígena del 11 de septiembre de 1541, durante la cual doña Inés de Suárez dio muerte al gobernador incaico Quilicanta, puso fin drástico a la ocupación del Tawantinsuyu en la zona, la cual había permanecido activa por ocho años tras la caída del imperio en los Andes centrales. Los "mapochoes" fueron entregados en encomienda a los conquistadores españoles, y algunos lograron sobrevivir y prosperar, sentando las bases del campesinado chileno y participando en el trabajo minero.

Los pukará como El Peral en Chada y el Cerro Grande de La Compañía, junto con la compleja red vial y las transformaciones hidroagrícolas impulsadas por el Tawantinsuyu, son elementos clave para entender la profunda huella dejada por el Imperio Inca en el territorio chileno, una huella que perduró y se adaptó a lo largo de los siglos.

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